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EL ETERNO RETORNO SOBRE LAS MISMAS AGUAS
 PRONTO... |
| Autor: Braddy Romero | Fecha: 26/01/2010 |
BERLÍN A LA DISTANCIA
 Este fue un viaje como todos los viajes esperados en nuestras vidas: largo y silencioso, un viaje que había empezado hace 10 años en mi mente estaba por fin llegando a su fin, las últimas horas eran enormes rocas de granito que fui cincelando a fuerza de destreza y paciencia. Berlín dejó de ser más que un deseo alimentado entre fotografías de revista y películas a colores, Berlín era de verdad; lo podía comprobar por los grandes letreros en la autopista. Berlín era más que el nombre, era lo nombrado. El sol abrazaba los últimos pedazos de la noche cuando respiré ese aire muchos años atrás inventado. Somnoliento le sonreía a ese cielo imaginado. Estaba cansado, sobre todo ansioso. Eliminaba de mi mente cualquier imagen idealizada de la ciudad, cerré mis sentidos y dejé que el momento se hiciera presente en todas las dimensiones posibles del pensamiento.
En una mano tenía mi maleta inflada de ropa y ansiedades, con algunos regalos que viajaron conmigo en silencio, esperando su destino,. En mi otra mano sostenía una mediana carpeta de cartón con dibujos hechos en Ámsterdam junto a viejas imágenes que quedaron de mi muestra en San Francisco.
No recuerdo el nombre de la primera calle que caminé; pero si recuerdo vivamente los el color amarillo de los letreros que colgaban en las tiendas de ropa y bares, la mayoría de ellos estaban escritos con tipografía gótica clásica, recordé la época del colegio, cuando disfrutaba reproduciendo esos tipos en cada uno de mis cuadernos.
Un muchacho Joven del cual e olvidado el nombre también llegaba esa madrugada a Berlín, Junto con él fuimos a tomar el metro. Cruzamos la calle y la a imagen la silueta en verde del hombrecito con sombrero me hizo sentir en confianza, al recordar que yo también llevaba un sombrero esa madrugada, era como un saludo amable invitándome a pasar a casa. Hasta el último día nunca pude saber del porqué de esa silueta con el sombrero en el semáforo.
Estaba emocionado hasta mis botones de saber que ya estaba en Berlín, no importaba el cansancio del viaje, el pesado sueño que trepaba por mi espalda, el hambre que hacía un forado en mi estomago, nada de eso podía menguar la felicidad que me estaba invadiendo como una corriente eléctrica, estaba como el joven enamorado que sabe que por fin va a besar a la mujer de sus deseos. Me temblaban ligeramente las piernas. Es posible que haya sido el movimiento del tren, pero prefiero pensar que no. Respiraba con pausas como leyendo la temperatura del ambiente, como si dentro de esa temperatura estuviera escrita algún secreto. De repente en mi mente afloró la imagen de Casiel y Raphaela conversando sobre el Siegessäule. Aquel ángel dorado años atrás despertó un deseo secreto, raras veces compartido de estar en Berlín. Aquel ángel dorado cada vez que aparecía en reproducciones fotográficas y películas me susurraba al oído una promesa, y no exagero al decir que hasta podía verle una sonrisa de complicidad a la distancia. Está demás decir que la tenía grabada en mi mente a fuerza de fuego.
Bajé del metro en la estación indicada por el mapa. Las gotas de lluvia cayeron menudas mientras caminaba, buscando la calle de un nombre que apenas puedo pronunciar. Deseaba muy secretamente perderme entre sus calles, y desaparecer como una palabra en quinientas páginas de una novela. Y entre tantos deseos también quería tomar un teléfono y llamar a algunas personas con las cuales había compartido ese sueño de caminar por Berlín para confirmarles que ya estaba ahí, que valió la pena dormirse mirando fotografías y hablando hasta la ebriedad de un lugar imaginado, de un sueño que en un principio parecía no tener forma. Las gotas de lluvia crecieron en tamaño y hacían manchas más grandes en el asfalto.
Estaba absorto en docenas de imágenes, nombres y palabras que no lograba concentrarme en leer bien el mapa para poder llegar a mi destino.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 18/09/2009 |
QUEMADURAS EN AMSTERDAM
 Eran las siete de la noche y el sol aún brillaba con fuerza en el cielo pastoso de Amsterdam, la brisa de verano estaba algo tibia, el olor a plantas llegaba húmedo hasta mis orificios nasales. Aspiré una bocanada de ese aire distinto, extraño. A mis oídos llegó el traquetear de un tren de carga ligera que pasaba con decenas de carretas cargadas de piedras menudas . “¿De dónde vendría, hacia dónde iría?” me preguntaba mientras lo miraba pasar, hasta que el gusano metálico desapareció a los minutos.
Luego de caminar una larga senda delimitada por rejas y arbustos dibujados a manera de cerco me detuve. Frente a mi estaba ala imagen arquitectónica de a una vieja fábrica, que ahora dejó de emanar los humos densos de desechos químicos para cederle el paso a otras emanaciones de humos, menos nocivos, pero igual de densos. Esas viejas construcciones en ladrillo rojo con decenas de ventanas puestas simétricamente en los muros sellados por los techos grises de invertidos tejados eran la imagen perfecta para una postal europea. Al rededor de las construcciones se derramaba el cesped verde, sembrado de árboles fuertes y frondosos meciéndose con los vientos caprichosos de la temporada. Sobre el verde estaban los muchachos jugando al infinito amor de verano, entre abrazos y besos furtivos, derramando risas que se perdían en el aire, niños en ropa interior corriendo uno tras de otro en finita secuencia repetitiva que tienen los juegos para los niños. Un perro de color caramelo corría emocionado tras la bola roja que le arrojan, y claro, no podía estar ausente en esta ciudad de agua y nubes, el sutil diseño de un canal que conduce agua mansa deslizada por el suave viento de la tarde.
Esa tarde sencilla y cotidiana, comía las imágenes con avidez, como si todo eso fuera a desaparecer de pronto.Las latas de cervezas puestas en la hierba aún conservaban algo del frío que las congeladoras le imprimen al aluminio, esas latas de color verde oliva de origen belga, compradas a buen precio en un típico supermercado holandés de ciudad, las latas reposaban esperando que se desaté mi deseo alcohólico.también tenía dentro el incontenible deseo de fumar tabaco en pipa, era un deseo urgente como el hambre; movido por la atmósfera bucólica del escenario que tenía frente a mis ojos. Armé mi pipa pensando en cosas que ahora ya no recuerdo. Sintiendo con fuerza la humedad de la tierra filtrandose entre la hierba y mis pantalones. Sin cuidado por la humedad, armé mi pipa: tabaco, fósforos, antes si un trago de cerveza, un repaso al paisaje para grabarlo en la retina. Con el tabaco listo en la barriga de la pipa encendí un fósforo de cabeza azul, encorvé mi cuerpo sobre mis rodillas para proteger del viento el pequeño fuego del fósforo. La torpeza de mi maniobra hizo que perdiera el fosforo ya encendido de mis dedos, y fue a caer directamente a una parte de mi pantorrilla descubierta. Por la posición en la que estaba, no pude mover mi pierna, mis manos estaban ocupadas, una con la pipa y la otra con la cajita de fósforos, intenté mover la pierna,pero estaba trabada, el pequeño fuego estaba punzando con fuerza mi piel, y un reflejo tardío me ayudó a quitarlo de mi cocinada dermis.El dolor era imperceptible en ese instante, no le presté atención , más dolía la idea de que esa pequeña huella en mi piel hubiera podido ser un agujero desagradable en mi pantalón; eso hubiera sido más penoso; pero en ese momento sencillamente sólo teníauna ligera manchita en la pantorrilla producto de una quemadura, no era mayor desastre.
La tarde se fue entre las cervezas Palm de lata verde, y el tabaco con perfume a miel y ron, escribí una postal para alguien a quien recordaba a la distancia, un dibujo mental de los amigos, cerveza, un buen verso en el recurdo, todo sincronizado, hasta que a las diez de la noche el sol ya se había ido. Y yo hice lo mismo, con la cabeza inchada de palabras y alcohol.
A la mañana siguiente, luego del baño diario y después del café, miré la quemadura que tenía en la pierna, la toqué esperando un ardor, pero no había dolor alguno, la contemplé por unos segundos, algo en esa pequeña mancha en forma de pepino diminuto me llamaba la atención, y no sabía que era. Ya por la tarde luego de pasar algunas horas frente al ordenador montando las imágenes del cortometraje, entendí lo que me estaba diciendo. La noche del día siguiente fuí a dar una vuelta con la bicicleta por el Volden Park. Rodando sobre la bicicleta, llegaron a mi mente las heridas que he ido acumulado en mi cuerpo, en mi mente y en mi espíritu. Las cicatrices imperceptibles y otras que saltan a la simple mirada, al simple recuerdo.
Me detuve frente a una de las lagunas artificiales, donde graznaban algunos patos de plumas sepias, y otras aves a las que nunca había visto en mi vida, de plumas negras y picos blanquecinos. Dejé la bicicleta sobre la hierba, fui a la orilla del lago, el sol aún lanzaba su luz naranja de verano sobre el agua. Me dispuse a terminar de leer el guion de Paul Auster “Lulu on the Bridge”. Lo leí con toda mi atención puesta en cada dialogo, en cada instrucción cinematográfica. Y la historia caló en mi memoria, en lo más secreto de mi humanidad. Luego de la historía de Lulú, revisé mi memoría rastreando todas las pequeñas heridas que tengo sobre la piel.hice un escaneo mental desde mis brazos hasta mi cuello, encontré algunas, no muy grandes, ligeras, dos de ellas me llevaron a mi infancia solitaria en la vieja casa de los pinos en San Sebastian, Cusco. Pude sentir el eco de aquellos años llegando desde el otro lado del mundo pasando por el mar y los bosques del parque hasta mis oídos, y no fue más que un ligero rumor perdiéndose en eco dentro del túnel de mi memoria. Otra de las heridas que marcan mi dedo anular derecho, me extrajo una sonrisa y decenas de fotos tenues, con los amigos de siempre, mi hermana y la muchacha de los ojos grandes, los vidrios rompiéndose y el dolor en ese dedo, la sangre manchando mi ropa y la de mis amigos, el olor a tabaco rubio y muchas sonrisas, el perfume de la amigabilidad paso por la memoria de mis orificios nasales. Esa cicatriz era especial, por poco no perdí la movilidad del dedo del medio, ahora se vería simpático tener ese dedo recto y sólido.
Pasé la tarde enumerando mis pequeñas marcas en la piel, revisando las imágenes que venían o las que jamás volverán; porque la memoria también se reserva el derecho de admitir lo que necesitamos. Pienso que hay recuerdos que viven flotando en la superficie de la inconsciencia y no provocan ninguna emosión, son recuerdos ya gastados; hay otros en cambio que nadan y se muestran de ves en cuando, para sorprendernos,pero están los otros, los escurridizos, esos recuerdos que aparecen sin que uno los convoque, esos son los más peligrosos, andan con dientes afilados y poderosos brazos que te amarran el cuerpo entero por horas, y hasta a veces por días, y no te dejan hasta consumirte la energía.
Cuando la noche transformó el lago y a los hermosos patos en negras manchas fantasmagóricas, recogí mi bicicleta decidido a pasear por el centro de Amsterdam. Algo en la más remota conciencia deseaba encontrar un lugar en particular que ya está grabado en mi memoria. Pedaleando entonaba una canción de Calamaro, las luces de los faroles del parque creaban puntos de luz en la sólida oscuridad del parque. El eco de una muestra de teatro popular llegaba distorcionada entre los arboles. Al salir del parque pensé que sería mejor andar con cuidado de no toparme con ningún policía, por que no llevaba en la bicicleta ninguna luz de seguridad. Con algo de cautela llegué a Lazy Plain, el punto medio de toda la fiesta turística en Amsterdam. Acomodé la bicicleta junto al árbol de siempre, la aseguré. Me alejé viendo la bicicleta con la misma sensación que todos al dejar la bicicleta, deseando que nadie se la robe. Me fuí a caminar por los coffe shop, entré a uno de ellos el más recomendable!el fumadero por excelencia¡ de eso estoy más que seguro, y lo confirmé después de algunas encuestas callejeras, pero esa es otra historia. Entré a ese lugar para recoger pedazos míos que había dejado semanas antes en un rincón escamoteado entre los cojines de estilo hindú. Luego guiado por mi instinto me fuí alejando del centro hasta que dejé de oir la estridencia de la música y el murmullo que se arma con los músicos ambulantes de la plaza, el paso de los trenes, las conversaciones en todos los idiomas que se puede imaginar en un segundo y los olores dulces y agrios de los restaurantes y bares.
Ya lejos del centro podía escuchar mis pasos.El cielo estaba pintado de un azul acero intenso, con diminutos puntos dorados brillando a millones de años luz. El olor del verano flotaba acompañado del perfume del tetra hidro canavinol que se escapa de los coffe shop. El centro de Amsterdam huele a mariguana por dónde se respire.
No llebaba conmigo un solo cigarrillo, mucho menos la pipa, para sentarme y ver el agua quieta de los canales, revisé mis bolsillos y había olvidado, el set completo, tabaco, pipa, fósforos, dinero, cámara de fotos, reproductor mp3, todo, solo el libro de Paul. No importaba, daba igual. Me senté un un rincón que me era familiar, y sin que pudiera pensar, una herida se activo por un recuerdo furtivo y el dolor vino sin aviso, me hizo soltar el lagrimón, como esos de los que cantaba Gardel, si, fue tan natural ver sentir caer ese lagrimón, como sentir hambre o sueño, y luego claro vinieron más. Sentado en lo que desde aquella tarde vendrá a se mi lugar personal en Amsterdam, el lugar dónde me dejé un poco: un rincón de tres gradas en cemento, dibujado con ladrillos rojos en una esquina. Cómodo conmigo mismo ese metro cuadrado, sentí la necesidad de extender mi piel autentica, esa piel que nadie puede nadie más puede ver. Sin apuro revisé cada tramo de mi piel, ese papel único que soy yo mismo. Contemplé cada mancha pequeña, grande, de color que con los años se han ido instalando en la superficie. Y ahí estaban las nuevas quemaduras, las nuevas manchas que pronto serian cicatrices, tibias aún. Cada una de esas heridas y cicatrices por mucho que me esfuerce en negarlas seguirán ahí, formando parte de mi geografía de recuerdos, de mi estructura emocional, , de las alegrías únicas, irrepetibles. Cada herida, sin importar su tamaño, color, nombre, forma o genero, me pertenecen como esa tarde y ese rincón de mundo en Amsterdam.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 22/07/2009 |
GRABANDO EN EL CAMPO
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 06/07/2009 |
EQUIPO DE TRABAJO EN EL CORTOMETRAJE
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 06/07/2009 |
UN CUENTO PARA NIÑOS
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 06/07/2009 |
FERIA DEL LIBRO Y LA CIUDAD DE CATALINA
 En Lima nos divertimos como no imaginamos con catalina, Nos acompañaron los amigos de siempre, David y Alejandra, y los nuevos amigos, Sanna y Carlos. Caminamos hasta aburrirnos, comimos hasta no poder hablar.
La feria del libro estuvo amable, vivimos con catalina nuestros cinco minutos de fama con la presentación del libro, las fotos, los autógrafos, las felicitaciones, las caras ambles, las muecas de desaprobación y luego todo eso se esfumó en la bruma de la vida diaria.
Ya de vuelta en el apartamento, para decir algo por decir, mientras cerraba la puerta y me quitaba los zapatos comenté: “deberíamos cantar rock and roll, como Hanna Montana, estoy seguro que tendríamos muchos fans furiosos en la puerta del edificio, queriendo autógrafos y fotos”. Catalina, se sentó en el piso, para quitarse los zapatos, y mientras luchaba con la hebilla de su valerina, me consoló iciendo: “ los limeños no saben leer, en algún lugar del mundo sería diferente y firmaríamos muchos autógrafos y venderíamos todos los libros, para que yo me pueda comprar muchas bolas de helado y tu una botella de vodka ¡solo una!”.
Luego nos conectamos al televisor y nos reímos con las aventuras de un personaje en dibujos que al día de hoy ya he olvidado el nombre. Luego de una hora de absurdos muy divertidos catalina se quedó dormida con una sonrisa, sosteniendo el recipiente del helado, tan limpio como si nunca hubiese habido tres bolas de helado de chocolate en su interior. Acomodé sus cabellos, y por primera vez la vi dormida, lejos del mundo, fuera de la realidad, ella estaba andando esos misteriosos mundos del sueño; yo estaba feliz de tenerla como amiga, y más aún como hija. Apagué el televisor, también cerré los ojos, el murmullo de la ciudad envolvía el apartamento entero y soñé con esa ciudad sin nombre y sin tiempo de la que catalina había hablado.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 06/07/2009 |
EL DESEO DE CATALINA
 Han pasado dos meses desde aquella tarde en la que Catalina y yo subimos al bus que nos llevó a Lima desde Cusco. Estábamos el uno junto al otro, tan naturales y completos que de vernos nadie podría haber imaginado que no nos habíamos visto durante cinco o siete largos meses. Intentamos en medio de las dificultades constantes de padres e hijos ser amigos, o al menos establecer ese vinculo,.
Esa tarde, era como todas las tardes en Cusco, tibia y calmada. Luego de mostrar los boletos y guardar algunos papeles inservibles que costó conseguirlos para poder viajar con catalina, ocupamos nuestros asientos. Estaba nervioso mientras los motores del bus rugían emitiendo esos humos negros. Catalina se acomodó junto a la ventana, vio a su mamá por la ventana como batía las manos y le lanzaba besos, con una expresión de profunda tristeza. Miré yo también acercando mi cabeza hasta quedar pegado al vidrio de la ventana. Catalina volteó a verme, buscando creo yo, alguna respuesta. Le sonreí, ella volvió a ver por la ventana y sus ojos se llenaron de lágrimas, se quito sus pequeños lentes de metal color purpura y se secó las lágrimas, el bus se movió lentamente, la imagen de la mamá de catalina comenzó a alejarse. Mi madre también estaba ahí para despedirnos. El bus dio media vuelta en un sencillo cruce para ponerse en marcha y en esa vuelta la ventana por dónde mirábamos catalina y yo se acercó muchísimo a las figuras ansiosas de mi madre y Milagros. Ver a mi madre ahí parada con su pequeña cartera negra en el brazo, agitando las manos diciendo chau en silencio, sin saber si la ventana que miraba era la correcta o no, ella no podía distinguir bien por el tono oscuro de los vidrios en la ventana. Ver a mi madre junto a La mamá de Catalina despidiendo cada una a sus primogénitos, era de cierto modo mágico y rutinario, sentí que nada está siempre del todo dicho, hay escenas que jamás siquiera pasan por la mente de uno, y de repente se dan sin ningún problema. Recordé las veces que había llorado cuando un bus se llevaba a mi mamá al trabajo, llegaron a mi mente aquellos años cargados de tristeza.
El bus avanzó más y en un segundo perdimos las figuras de las madres. Catalina no pudo contenerse más y lloró, se volvió hacia mi y escondió su cabeza en mi pecho, yo estaba como paralizado, sin saber cómo reaccionar. Abracé a Catalina, sin, sin saber cómo abrazarla, me sentía torpe, “hacía cuanto que no abrazaba a mi hija”, pensaba. Tampoco sabía cómo se debía sentir en un momento como ese, ¿qué hacer? La envolví con mis brazos, imaginando que estaba abrazando una nube. Instintivamente me acerqué a su oreja y le susurre “pide un deseo” y ella, me miró sin dejar de llorar, y yo continúe pero ya en voz alta, “pide un deseo”. Le conté esa vieja historia que dice: que en los viajes cuando estas partiendo, tienes que pedir un deseo, para que al volver se cumpla. Ella preguntó si podía ser cualquier deseo, le respondí que si. Que podía pedir lo que ella quisiera, así que pidió su deseo cerrando los ojos, “ya está” me dijo sin verme a los ojos, aun miraba por la ventana, mientras le quitaba el dulce a su chupetín de caramelo rojo. Se quedó mirando por la ventana, suspiraba de tanto en tanto. La dejé viajar en sus recuerdos, preferí no interrumpir. Me vi reflejado en la ventana del bus por un momento, y esa cara era nueva.
Mientras mirábamos ambos por la ventana como nos alejábamos de Cusco, pensaba en lo difícil que debe ser separarte de la persona con la cual has vivido tanto tiempo, para ir de viaje con quien raras veces pasabas más de dos horas. Respiré profundo, tomé agua, y me propuse olvidarme de mi mismo, al menos por el tiempo que estuviésemos juntos con catalina. Y creo que no lo logré en esas primeras horas, porque fui invadido por un recuerdo de siete años atrás, era el recuerdo de un viaje a Lima, en bus, con alguien a quien no conocía del todo bien, salvando las distancias de personas y circunstancias, la sensación de similitud me causo ternura por el tiempo y la vida que nos toca vivir a cada uno de los seres humanos; así que movido por esa súbita sensación de ternura le prometí a la distancia del tiempo a aquella persona, que ese viaje con Catalina lo haría bien, y estaba decidido a hacer el primer ejercicio de padre: olvidarse de uno mismo.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 23/09/2008 |
LOS ESPEJOS EN LOS CERROS II
 Cuando cada uno de nosotros volvió a su cuerpo frente a la ciudad, nos despedimos, para el día siguiente, para la semana entrante, para la mañana. Antes de dormir, me puse a recordar las dos noches que habíamos pasado dentro de la pequeña carpa, que desde el momento que la vi me parecía una broma. Desprecie la forma de la carpa, el tamaño, su anticuado diseño. Daniel, me vio a los ojos y me pidió que me callara al menos ahí arriba, que no aguantaba mis quejas sobre nuestra tiendita. Me alejé de él y de la Carpa. Lotte, miraba el movimiento de los alrededores, imagino que diseñando el plan de ataque para filmar a los danzantes, por los cuales había aceptado subir hasta ahí. Desidí no molestar a ninguno, solo por ese momento. Busqué en mi bolsa la botella de pisco, y el vaso de vidrio que con sumo cuidado había guardado entre papeles y ropa. Me acerqué a la carpa que estaba extendida en el suelo, le di una patadita diciendo” bueno, no nos queda otra, es parte de la aventura no?”, Daniel me miro fijamente a los ojos, como el sabe mirar cuando ha perdido la paciencia hasta con su mejor amigo, sonrió de medio lado, movió la cabeza ne negativa "hay carajo chino " dijo mientras desarmaba las barillas de la carpa. Me pidió amablemente que lo ayudara, que dejara la botella de pisco bien escondida, que en cualquier momento los Ukukus nos arrestaban por consumir alcohol en la fiesta sagrada. Le dije que no había problema, que lo mío era terapéutico, y que él también deseaba un chupito para agarrar calor. Sedió a lo del chupito, pero me obligo a retirarme del lugar o ayudar, me quedé aayudar. Luego hablé de todo y nada hasta que me cansé. Ya por la noche yo aún seguía fastidiado con la carpa que luego de una hora había quedado medianamente armada. Desconfié de la altura, del tamaño. Estaba seguro que ahí dentro los tres íbamos a terminar como tres cuartones de carne congelada. Estaba preparándome a lo peor, Lotte no me prestaba atención ella estaba más preocupada por el trabajo. Daniel estaba más entusiasmado por estrenar su cocina que funcionaba a alcohol. Yo mirando a cada minuto con desconfianza la carpa. La noche se puso sobre nosotros, sobre los miles de danzantes y peregrinos, sobre la hierba, sobre todo aquello que tenía nombre a pesar de la oscuridad. El frío se deslizo suave entre las ropas, nos hizo temblar un poco. De ahí para adelante todo esta confuso en los cuadernos de mi memoria. Tengo una sola imagen fuerte de aquella noche. Despertamos uno junto al otro, nos mirábamos con cierta somnolencia, Lotte me veía a los ojos tratando de encontrar la raíz de toda esa ira que me fluía sin sentido, Daniel la miraba con mucho ternura, yo trataba de no pensar, trataba de que todo saliese bien para los tres, que ella tuviese las imágenes necesarias para su trabajo, que Daniel tuviera éxito con el café que deseaba preparar en su nuevas cocina de campamento, deseaba que por encima de todas esas cosas, que ella viera lo que yo ya había dejado de percibir de los danzantes, de la nieve, del cielo, de los colores. Que Daniel pudiese ver que después de todo yo no era más que un amigo asustado, que había olvidado que en la amistad y el amor no hay mayor alegría que el silencio, las miradas sencillas, las sonrisas tibias, y la firme convicción del compañerismo, lejos de la familia, lejos de la comodidad de la ciudad, lejos de nuestras actitudes de simios educados y refinados por la lectura y la razón. Y es esa la imagen que se quedó en Qoylloritt’i. Es posible que ahora los tres estemos aún en esa carpa, tomando café, con galletas saladas, respirando fuerte mirando la escarcha en las paredes de esa carpa precaria que nos encerró durante esas horas que las estrellas brillaban y el frío daba vueltas alrededor de la carpa y de nuestros espíritus, pero estábamos juntos, el frío no entraría.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 21/08/2008 |
LOS ESPEJOS EN LOS CERROS
 Desde el viaje a Qoullourity en junio de este año , la expresión de sorpresa no se me ha quitado de la cara, y la sensación de estar en una película en proceso de edición aun persiste. Las cosas parecen repetirse, pero no es así, hace varios años que visito aquellos hermosos nevados, atraído por la idea de retroalimentar el espíritu escéptico que nos invade a partir de los 30. Siempre los viajes son por la misma ruta, con el mismo frío, con el mismo sombrero en algunos años, con la misma cabellera hace ya tres años, con la misma barba, pero lo que cambia son las palabras que se dicen en el camino, las emociones del camino, las personas que van junto a uno, o uno va junto a otras personas, eso nunca lo sabré a la precisión. Pero cada año hay algo nuevo en ese mismo escenario gélido. Este año fuimos con Daniel y Lotte. Daniel, sabía que volver a la nieve y al frío, era más por estar con los amigos y para estrenar su cocina nueva que funciona con alcohol, yo para confirmar que esos espacios son míos y nada más que míos y de mi idea de pertenencia a un espacio, Lotte estaba por primera vez expuesta un millón de imágenes y colores, que no lograron después de todo maravillarla, su trabajo de documentalista y su espíritu holandés la puso en actitud distante, no se atrevió a emprender la ruta más linda del viaje, bueno ella se lo perdió. Quizás no era su momento. Luego de comer saltados que más parecían encebollados, y tomar ponches de habas calientes hasta quemar cualquier duda, volvimos sin hablar, cada uno ensimismado en sus pequeñas preguntas sin respuestas, en esas ideas menudas que nos consumen, palabras que se quedaron en el aire, sentimientos que desharíamos tener respecto a la vida, la religión, los amigos, la familia. Caminar flotando en esas preguntas te libran del cansancio y el frío, y sin darte cuenta ya estas en el lugar. Esa tarde de regreso, el cielo nos regalo una sencilla caída de nieve, fue demasiado bello para andar fotografiándolo, solo era ver y sentir esos copitos de nieve insignificantes que se diluían en la ropa, en el cabello, en el camino, haciéndose barro y pequeños charcos sucios. Una metáfora de cómo las cosas lindas pueden terminar también siendo algo sucio y molestoso para caminar.
Volvimos a casa fatigados el uno del otro y del hambre que nos comía las ganas de hablar. En el bus sentados y apretados, saqué los regalos que había comprado para mis amigos de Cusco, pequeños recuerdos del mercado de alasitas. Decidí dárselos a ellos, como una manera de decirles lo mucho que me alegraba de estar con ellos en ese viaje, y que no había nadie más que guardaría esas imágenes, sólo nosotros, para nosotros.
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| Autor: Braddy Romero | Fecha: 08/08/2008 |
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